30 Years Shot To Hell (An Anthology)
(School Kid Records, 2021)
La mera existencia de esta antología justifica el deseo de padecer una amnesia repentina. De descalabrarse en la bañera, por ejemplo, y olvidarlo todo. Perder el conocimiento y despertar en tu casa sin tener ni puñetera idea de quién eres, ni de dónde estás, ni de si esas bragas son tuyas, de alguien que vive contigo o de una visitante casual (promesa o descuido). Ignorar la fecha y toda suerte de afectos, la ciudad y los vecinos. No reconocer a la gente que sale contigo en las fotografías que hay enmarcadas en el pasillo, preguntarte a cuento de qué te tatuaste eso y eso y eso otro, si esa sangre es tuya (esperas que sí) y si de verdad te has leído todos esos libros. Asomarte a la nevera para ver si eres de naturaleza más o menos optimista (temiendo el embate de un brócoli o la injuria de unos tomates cherry), encontrarte, básicamente, latas de cerveza, y respirar aliviado. Acto seguido, revisar el armario de las medicinas para ir haciéndote una idea (paracetamol y poco más, ¡bien!), encontrarte el segundo CD de esta antología en el equipo de música y darle al «Play»… Y, de repente, la felicidad. El asombro. Y algo así como la comprensión instantánea de quién eres, quién fuiste y quién seguirás siendo, porque seguramente esto ya no haya quien lo remedie. Por eso envidio a todo aquel que no conozca a Tommy Womack. Con estas cuarenta y dos canciones obtiene un pase directo al Paraíso al que otros hemos ido accediendo, paso a paso, durante los últimos treinta años, sí, justo los que ampara esta fabulosa antología. Recuerdo perfectamente el día que escuché por primera vez a The Bis-Quits, el disco salió en Oh-Boy Records en 1993, el mismo año que se publicaba otra de las grandes antologías que serían cruciales en mi vida, el doble álbum Great Days, de John Prine. Fueron los primeros artistas contratados por el sello. En la banda estaban Tommy Womack y Will Kimbrough. El niño que gritaba en la fotografía de la cubierta parecía el niño del logo de Oh Boy y, según Womack, la banda era como mezclar a los NBRQ con los Replacements, ahí es nada. Solo sacaron ese disco. (*Permítaseme ahora un breve inciso: si todo se fuera a la mierda, como probablemente debiera, y los contribuyentes del futuro, hijos de los hijos de los hijos de los hijos que saliesen un poco entumecidos y deslumbrados del refugio atómico que, en su día, tuvieron el buen ojo de construirse, —o algún extraterrestre extraviado, en su defecto—, se pusiera a leer este blog —cosas más raras se han visto—, sacaría la conclusión de que John Prine era Dios y de que casi todo giraba en torno a él; y, a decir verdad, no se llevarían una idea demasiado equivocada). Bueno, pues de aquel disco, The Bis-Quits, consta en esta antología un solo tema, «Cold Wind» (yo habría metido el «Anal All Year», título favoritísimo, o el contundente «Yo Yo Ma»). Pero también hay cuatro de su anterior agrupación, los Government Cheese, con quienes llegaría a sacar cinco álbumes (y aprovecho para colar otro inciso y rogaros que no dejéis de leer el libro que escribió Womack sobre la banda: Cheese Chronicles: The True Story of a Rock 'n Roll Band You Never Heard Of, uno de los libros más divertidos que se han escrito sobre los avatares y las peripecias de una banda de rock 'n roll —de la que nadie ha oído hablar—. Oro puro), y otros tres de los dos álbumes que sacó con Daddy (banda en la que volvería a juntarse con el gran Kimbrough). El resto son temas de sus ocho discos en solitario. Entre medias sacó un par de álbumes con Todd Snider (The Devil You Know y Peace, Love an Anarchy) y escribió varias canciones con Jason Ringenberg, de Jason & The Scorchers, una banda que el propio Womack (¿y quién no?) idolatraba (en el Clear Impetuous Morning de 1996 hay cuatro canciones escritas mano a mano). Por otro lado, la lista de artistas que han cantado sus canciones es de toma pan y moja, aparte de Snider y Ringenberg, Jimmy Buffett, Dan Baird, David Olney, Kevin Fowler, qué se yo. Una puta institución en la sombra. Y, además, y ya me despido con esto, es el autor de «The Replacements», temazo de ocho minutos y medio (incluido en el segundo CD de esta antología, perteneciente a su tercer álbum en solitario, Circus Town, 2002) por la que ya contará para siempre con un lugar destacado en el Olimpo del rock n' roll. La letra, más narrada que cantada, viene a ser la biografía de tu vida (intuyo) y de la mía. Es, quizá, uno de los mejores textos que se han escrito sobre la esencia del rock 'n roll (sin soplapolleces eruditas ni contextualizaciones culturales masturbatorias, solo pura pasión y sentimiento) y cómo afecta a nuestras vidas (una canción estratégicamente situada, por cierto, corte tres, antes de la maravillosa «I'm Never Gonna Be a Rock Star», que la complementa de un modo insuperable). Una canción sobre perdedores, sí, sobre «hermosos vencidos» (con permiso de Cohen, otra vez), pero también sobre el gozo infinito de serlo, casi una vocación, sobre la magia, la decepción, la resistencia y las ganas de vivir, o mejor, de gastar la vida, sin importar el rastrojo que puedas dejar al final. La cosa es incendiarse. «Eran como Charles Bukowski con vatios y vómito, / pagabas por verles y te la jugabas, / pero cuando eran buenos, ¡hasta Dios se ponía a bailar!». Eso en cuanto a los Replacements, claro, o la banda que arruinase jubilosamente tu biografía, pero escuchar a Womack es, insisto, simple y llanamente, la felicidad. Peter Cooper, en las notas del disco, lo define muy bien: «Este hombre, este gran artista, es una fiesta andante». Espejos de la casa de la risa —dice Cooper a renglón seguido, poniéndose muy estupendo, muy Max Estrella, muy valleinclanesco—, bueno, de la casa de la risa y de la casa de la no risa, espejos donde se reflejan nuestras almas, como en los del hoy tristísimo y horripilante Callejón del Gato. Con dolor y gozo, igualito que al tatuarse («sarna con gusto no pica», que diría tu abuela): tremenda verbena.